DEFENDER LA ALEGRÍA

DEFENDER LA ALEGRÍA

…defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos…

Defensa de la alegría, Mario Benedetti

 

Sonreír, es ese impulso inconsciente que acompaña a las sensaciones satisfactorias, sonreímos casi involuntariamente al saludar, ante un buen chiste, al ver las gracias de los niños, cuando nos sentimos a gusto. Las carcajadas, por otro lado, causan procesos psicológicos, neurológicos y fisiológicos, pura química cerebral, que nos ayudan a conservar la salud. Los seres humanos adoran reírse, y los mexicanos tenemos fama de tener muy buen humor y una gran picardía. Pero, ¿somos felices?

Según el World Happiness Report 2015, México se encuentra en el puesto #14 de los países más felices, nada mal para un país que según Reporteros Sin Fronteras, es el número 148 –de una lista de 180 países- en cuanto a respeto a la libertad de prensa, quedando muy cerca de países como Rusia, Libia e Irak; o que ocupa el lugar 20 en el ranking mundial de homicidios, o que tiene en su territorio 9 de las 50 ciudades más peligrosas del mundo. ¿Se puede defender la alegría en estos tiempos tan grises y realidades tan avasallantes, y en un país tan masacrado como el nuestro?

Dice la vox populi que en tiempos de crisis, mantener la sonrisa es un acto revolucionario o que lo más revolucionario hoy en día es conservar la alegría. Que cierto resulta ésto, si pensamos en las personas que tienen uno, dos o más desaparecidos, los cientos de familias que se han llenado de luto porque sus familiares cayeron como víctimas colaterales, o porque fueron ejecutados extrajudicialmente o porque fueron víctimas del narco, madres y padres que caminan en el sendero de la esperanza buscando justicia para sus hijas raptadas con fines de trata o víctimas de feminicidio en Juárez, el estado de México, Morelos, Chiapas; y que, aún así, con las vidas destrozadas, los recuerdos mancillados y el dolor a cuestas, hacen frente a la vida todos los días, a veces llorando, a veces sonriendo, pero nunca dejándose vencer, exigiendo el cese a la impunidad y a tanta violencia.

A veces, cuando vamos en el transporte público y alguien canta a grito pelón su canción favorita, con todo y desafines bárbaros, o cuando a nuestro lado alguien se carcajea con fuerza tal que zumban los tímpanos, solemos sentirnos extrañados, solemos echar una mirada cargada de sospecha, desconfianza y hasta de lástima por la/el loquito que se atreve a exhibir su contento en ésa medida. Es un fenómeno inversamente proporcional a la violencia: la violencia la hemos normalizado, nos la topamos todos los días en el periódico, los noticieros, el trabajo y hasta la casa misma, ya no nos asusta, ni nos sorprende; la alegría sensata y legítima, la que va más allá de la felicidad vanal y materialista, solemos verla tan esporádicamente, que ya nos significa rareza y cierto grado de esquizofrenia.

La alegría es un elemento vital de la dignidad de una persona. ¿Cómo puede tener una vida digna y plena, aquél que no tiene razones para sentirse alegre? La vida con alegría no es exclusiva, ni elitista, es un derecho, pero pareciera que, igual que muchos otros derechos humanos que nos son violentados, tenemos que luchar por él, tenemos que conquistarlo.

Nos toca aferrarnos a ésos pequeños momentos de relativa calma y disfrute para poder hacer frente a nuestra desgastante realidad, para combatir el estrés, el mal genio y la desesperanza. No, no se trata de reír como insanos ante las reformas estructurales, ante la creciente tasa de suicidios o el precio del dólar -que sigue en aumento- sino de enfrascarnos en una lucha continua por generarnos, nosotros mismos, condiciones mínimas de bienestar. No, tampoco trato de decir que el cambio está en uno mismo, pero sí que podemos dar nuestra batalla, personal y cotidiana, para evitar que las noticias que vemos a diario, que escuchamos o que le pasan a nuestros cercanos, nos duelan, nos pesen y nos afecten menos. Disfrutar, pues, la vida, en medida de las posibilidades que nos deja libres nuestra realidad depredadora.

Sonríamos y carcajéemonos, aunque sea por el mero gusto de liberar endorfinas y dopaminas que tienen funciones esenciales en nuestra salud.