¿Indignación selectiva? III

¿Indignación selectiva? III

(Sobre los migrantes)

Esta semana el mundo entero se cimbró con una imagen: un niño de tres años había sido encontrado ahogado en las playas de Turquía. Después trascendió que el niño era Aylan Kurdi quien viajaba huyendo del conflicto bélico en Siria junto con su familia; su padre, su madre y su hermano, estos dos últimos también habían muerto durante la travesía junto con al menos diez personas más. La fotografía del niño boca abajo siendo golpeado por las olas mientras un par de policías hacían anotaciones en una libreta se volvió viral. Y es que la crudeza del cuadro tocó las fibras más sensibles de la sociedad. Millones alrededor del mundo sintieron empatía con el padre desolado, y cómo no llorar con la muerte de un niño, no era un logro, pero por fin esta catástrofe tenía un rostro

En territorio sirio la inestabilidad política y social, así como la constante amenaza del Estado Islámico, habían estado ocasionado el desplazamiento de millones de personas que, huyendo en busca de seguridad hacia un continente que hasta el día de hoy se había visto renuente a aceptarlos en su territorio, pasaban por el infierno de atravesar en pequeñas embarcaciones la ferocidad del mar Mediterráneo.

Para efectos de política internacional, se le ha llamado a este éxodo “crisis migratoria”, cuando en realidad lo que estamos viendo es sin duda una catástrofe humanitaria.

Pero este tema no es nuevo, mientras se discutían, a mediados de julio, las condiciones del pago de su deuda con la troika, a Grecia le pegó otra crisis, cientos de miles de refugiados llegaban a sus costas buscando auxilio; una crisis dentro de otra crisis. Aunque desde hace meses numerosos medios de comunicación han publicado notas sobre migrantes tratando de ingresar a territorio europeo, fotografías de padres introduciendo a sus hijos a través de alambradas, cuerpos policiacos formando muros humanos y repeliendo a cualquier persona que tratara de ingresar a sus fronteras ilegalmente, niños y ancianos, hombres y mujeres suplicando mientras su vida se encontraba en un limbo, no podían regresar a Siria, pero tampoco el futuro les pintaba claro, no tenían a donde ir, a quién recurrir ni cómo subsistir. Grecia, Croacia, Macedonia, Italia, Turquía, Hungría, les cerraron las puertas en la cara ante la incapacidad de hacerle frente a un fenómeno que no tenían previsto; para muchos la guerra, las muertes, las carencias estaban del otro lado del mar. Y ni qué decir de los cadáveres hallados por decenas en diferentes puntos del viejo continente, los 71 cuerpos que abandonaron dentro de un camión en Austria bastaba para entender la magnitud de este problema, pero aun así los gobiernos y las naciones, seguían en silencio, tal vez esperando que nadie notara que sus políticas migratorias eran de control y expulsión, no de acogida.

Sin embargo no sólo los sirios huyen. Pareciera que muchos han olvidado la tragedia de Lampedusa. Poco también es lo que se ha hablado de la crisis en Yemen, por ejemplo, y todas esas naciones sobre las que el Estado Islámico ha dejado caer toda su fuerza. Esto no ha hecho más que demostrar la incompetencia de la Unión Europea, esa Unión Europea ganadora del premio Nobel de la Paz, frente a catástrofes humanitarias que no atañen a sus propios conciudadanos. Un artículo de Human Rights Watch publicado el 3 se septiembre de este año afirma que:

“La ruta terrestre recorrida por migrantes y solicitantes de asilo hacia la Unión Europea se ha cobrado la vida de miles de víctimas en los últimos años. En marzo, dos iraquíes murieron de hipotermia en la frontera entre Bulgaria y Turquía. En abril, 14 somalíes y afganos murieron después de que un tren de alta velocidad en Macedonia los atropellara cuando caminaban a lo largo de las vías. En noviembre del año pasado, un bebé de 45 días murió con su padre en esas mismas vías.

A pesar de que las muertes en el Mediterráneo hayan captado gran parte de la atención, la lista de los que han muerto por asfixia, deshidratación o exposición a los elementos naturales en las fronteras terrestre es desmesuradamente larga. Un recuento cifra el total de muertos en las fronteras de la UE en más de 30.000 desde el año 2000”.

Por otro lado el discurso de los mandatarios europeos pareciera tener un trasfondo turbio, con una mano ofrecen una suerte de asilo a un número específico de refugiados y con la otra pretenden acelerar la expulsión del resto de migrantes en sus territorios.

Ahora bien, dejemos a Europa, Asia y África de lado por un momento. En México, ya no digamos América Latina, tenemos no una, sino cuatro crisis migratorias desde hace años, y es que en nuestro país convergen cuatro flujos migratorios distintos: inmigración, emigración, transmigración y retorno. Familias enteras atraviesan nuestro país huyendo de otra guerra: la guerra contra la violencia y la miseria. La situación de vulnerabilidad bajo la que se encuentran es tremenda al ser un blanco de grupos delictivos que los usan para transportar drogas, trabajar campos de cultivo o explotarlos sexualmente en las redes de trata, y para aquellos que cruzan la frontera hacia EE.UU. no les espera más que una lucha con sus cada vez más duras políticas migratorias.

Actualmente existe una petición en la página change.org donde se pide, a través de firmas al gobierno mexicano que permita la entrada de 100,000 refugiados a nuestro país, tal y como han hecho otras naciones: Islandia en Europa, o Argentina en América. El gesto es noble y se aplaude, pero ¿qué hacemos entonces con nuestros propios desplazados? ¿Cómo se puede tachar de sucio, de ladrón, de flojo a un hondureño o un guatemalteco, que pide ayuda por las mismas calles que transitamos, y al mismo tiempo llamar hermano a un desplazado sirio? ¿Bajo qué criterio se abren o se cierran con candado las puertas de una nación o de un hogar para ayudar al necesitado? Esperar que un gobierno incompetente en temas de derechos humanos resuelva su situación es vivir en una fantasía, la organización civil sirve y para muestra el caso de las Patronas o el padre José Solalinde, pero son acciones a los que la sociedad en su conjunto debe hacer eco para que tengan mayores alcances, pues esto es sin duda un conflicto humanitario que cobra víctimas a cada momento, víctimas sin un nombre encabezando los titulares noticiosos ni fotografías viralizadas en redes sociales; sólo personas, no migrantes o refugiados, seres humanos cuyas muertes quedan como una mera estadística, y a veces, sólo como cadáveres en una fosa, bajo las vías del tren o a la orilla de un camino.

Así pues, retomemos el punto inicial, es preciso reconocer que a raíz de la publicación de la foto del pequeño Aylan ahogado en las costas del Mediterráneo llegaron noticias de cientos de miles de ciudadanos europeos organizándose; vimos comedores comunitarios en Alemania, acopio de víveres, ropa, cobijas e incluso juguetes en Reino Unido, campamentos esperando la llegada de refugiados en España, personas comunes y corrientes saliendo de la comodidad de sus hogares para ofrecer una mano a los desvalidos migrantes. Preguntémonos entonces ¿qué esperamos ver en México y el resto de Latinoamérica para movernos en pro de nuestros migrantes de forma masiva?

Tal vez no sea necesario que abramos las puertas de nuestras casas a extraños, ni siquiera es necesario que les demos alimentos ni dinero, necesitamos generar oportunidades, oportunidades que les permitan tanto a ellos como a nosotros regenerar el tejido de nuestra sociedad, por supuesto  sin dejar de ejercer presión contra los gobiernos para que hagan su trabajo. Porque el problema de fondo debe ser atendido para que no se sigan reproduciendo estos fenómenos.

En entrevista un niño refugiado aseveró de manera contundente: “Acaben la guerra en Siria y nosotros no querremos estar en Europa”. Del mismo modo digo: acabemos con la violencia, el hambre, la miseria en nuestros países, y no habrán migrantes queriendo huir de la desesperanza que sus vidas cotidianas.