¿Indignación selectiva?

¿Indignación selectiva?

(Sobre los periodistas)

A mediados de marzo de este año ocurrió un suceso que conmocionó las redes sociales y los medios de comunicación: Carmen Aristegui había sido despedida de la cadena MVS por supuestos conflictos laborales. En ese momento miles de personas a lo largo del país clamaron indignadas, una de las voces más críticas al Estado estaba tratando de ser silenciada y ese intento de censura causó revuelo.

Por ello diversos sectores pretendieron, de manera encomiable, arroparla y fue así que reunieron firmas donde se pedía que las Universidades le abrieran las puertas de sus espacios de radio, con todo y que ella no necesitaba espacios, continuaba laborando en CNN y en su propia plataforma.

Sin embargo en ese momento hice un cuestionamiento ¿por qué hacer semejante movilización para ella y no para otros periodistas que vivían bajo el acoso de grupos criminales o del gobierno mismo? ¿Por qué apoyar de tal modo a alguien que tuvo todo el respaldo de otros comunicadores y analistas de la talla de Sergio Aguayo y Denisse Dresser y no a otros cuyo no nombre conocían pocos fuera de los medios independientes? Sí, Aristegui es y ha sido un personaje que cuestiona e incomoda, sin embargo ella se mueve entre élites, pertenece a los grandes conglomerados de la información y ahí ha luchado por mantenerse.

Por otro lado, apenas unos meses antes, había sido secuestrado, torturado y asesinado brutalmente el periodista y activista social, Moisés Sánchez en el estado de Veracruz luego de recibir amenazas de muerte por su labor periodística; algunos medios reprobaron el suceso que, sin embargo, no trascendió del mismo modo que lo hizo el caso de Aristegui, con todo y que organismos internacionales condenaron el hecho. Sánchez publicaba en un semanario local, La Unión, el cual financiaba trabajando como taxista.

En ese momento consideré que se estaban sacando las cosas de proporción frente a los cientos de periodistas que habían sido asesinados ejerciendo su profesión, los cientos de periodistas que vivían perseguidos, amenazados y censurados por ejercer su labor de manera libre y abierta.

Actualmente una historia similar se vuelve a contar, el pasado 31 de julio, en un departamento de la colonia Narvarte fue encontrado el cuerpo sin vida del fotoperiodista Rubén Espinosa, el cuál había sido amenazado de muerte en el estado de, una vez más, Veracruz, de dónde salió para buscar refugio en la capital mexicana. Al mismo tiempo se informó que junto a él habían sido torturadas y asesinadas cuatro mujeres más cuyos nombres fueron apareciendo a cuentagotas posterior a la noticia de la muerte del también colaborador de la Revista Proceso. Ellas: Nadia Vera, activista, Yesenia Quiroz, maquillista, Mile Martin a quienes los medios denominaban “la colombiana” y Alejandra Negrete, trabajadora doméstica;  mujeres que fueron de algún modo eclipsadas, por las autoridades, por los medios y por la ciudadanía en su conjunto. Se las consideró daños colaterales.

El día de ayer Salvador Camarena en su columna de opinión de El Financiero denominada “No mataron a un periodista… es mucho más que eso” reprochaba que vemos números y personas, y no fue el único, a lo largo de la semana surgió en redes sociales la etiqueta #YoTeNombro, en referencia a las víctimas femeninas de este crimen que en un inicio habían sido denominadas como “las otras cuatro mujeres”, y es que en un acto de conciencia y empatía diversos sectores denunciaron que no podía minimizarse el hecho de que habían sufrido la misma suerte del periodista.

¿Y por qué este caso es similar al de Carmen Aristegui? Por un motivo simple: marchas, redes sociales sacudidas, rabia e indignación, el gremio de la información condenando enérgicamente el ataque a su profesión. Pero ¿por qué poner los reflectores sobre un caso de ataque a un periodista sólo si trabaja para una empresa de renombre? Me pregunto si es que este caso hubiese tenido el mismo impacto si hubiera sido un multihomicidio en Veracruz y no en la Ciudad de México.

Pareciera que existe cierta selectividad en la ciudadanía para la indignación, cuando son vidas las que se pierden, no cifras, a través de todo el territorio nacional. Son personas, no personajes, quienes son silenciados.

Hacia principios del 2015 un informe estadístico de la Fiscalía Especial para la Atención de Delitos Cometidos contra la Libertad de Expresión de la Procuraduría General de la República, se calculaba que en los últimos 15 años, 103 periodistas fueron asesinados en México y más de 25 se encontraban desaparecidos. De acuerdo con el mismo, las entidades con el mayor número de homicidios a comunicadores de enero del 2000 al 31 de enero de este año son Veracruz y Chihuahua. Se calcula que durante el gobierno de Javier Duarte en Veracruz, se han asesinado a mínimo 11 periodistas siendo la entidad más peligrosa para ejercer el periodismo, en un país que se encuentra en el octavo lugar mundial donde resulta más peligroso la labor comunicativa.

Empero, lo que vemos aquí son cifras, no nombres, no acciones, ¿qué hicieron para sufrir ese destino? Y es  que una vez silenciados, aparentemente, aquellos a quienes incomodaba consiguieron lo que buscaban: borrar la verdad. Porque ¿qué seguimiento se le ha dado a la labor que realizaban antes de morir? ¿Es que por pertenecer a medios locales, independientes o pequeños, por no aparecer en televisión y tener amistades con influencias no se les debe el mismo reconocimiento? Pareciera que dentro de la misma sociedad esto se naturaliza, pero no es normal ni mucho menos.

No permitamos pues que nuestros derechos y libertades queden sepultadas como lo han sido estudiantes, campesinos, indígenas, ambientalistas, activistas que en su momento han levantado la voz para buscar un cambio.

Permitámonos protestar y defender la libertad de expresión en su conjunto más allá tendencias, hashtags y cultos a la personalidad de las figuras públicas. Porque es cierto que se debe exigir justicia, pero primero es necesario exigir conciencia de entre los ciudadanos que somos mayoría y entender que si no frenamos esto, cualquier día, nosotros mismos podemos ser un daño colateral más.

Nombrémosles a todos y generemos redes que arropen a los que corren peligro, para que las listas no crezcan, para que nuestra sociedad florezca.