La violencia oportuna

La violencia oportuna

Decía Gramsci que en un enfrentamiento entre fuerzas pueden ocurrir distintos fenómenos. Que la Fuerza A venza a la Fuerza B y se imponga, que B le gane a la fuerza  A y sean ellos quienes se impongan o que por el continuo desgaste ni A ni B puedan vencer y entonces una Fuerza C logre imponerse a ambas. Las preguntas consecuentes a plantear son ¿quiénes ocupan los lugares en las variables? ¿narcotráficantes y crimen organizado, los partidos con su defensa a las reformas y un Estado decadente, la sociedad civil que quiere emerger y plantear distintas formas de acción que incluyen canales institucionales y vías armadas?

Los hechos de los que todos somos testigos y de los que en materia, dependemos los estudiosos de las ciencias sociales apuntan cada vez más a la repetición. Aluden quizás, a la posibilidad de vivir un proceso de transformación al cual aún no hemos sido capaces de entender. Buscamos tanto transformar nuestra situación que no hemos sido capaces de comprender qué es lo que ocurre, por eso todo parece cambiar sin ser efectiva y realmente un cambio. La violencia y su consecuente ritmo  ya no se vive como una experiencia ajena, externa, o lejana de nuestro quehacer cotidiano. Es parte de los hechos latentes. La violencia se condena por sus consecuencias, no en si misma (Jean-Marie Domenach).

Michoacán no ha dejado de ser escenario de enfrentamientos, reflejo de las consecuencias de la violencia. El Estado de México no deja de ser señalado por los feminicidios y las tibias palabras de las autoridades ponen en tela de juicio el interés que existe por parte de los gobiernos de atender esta triste realidad. El norte del país mantiene su línea de violencia aunada al crimen organizado, Oaxaca mantiene la tensión continua con el gobierno y el magisterio, podría seguir enumerando los casos de violencia e insensibilidad pero me limitare a afirmar que, en suma la violencia es el guion de todos los días.

En Michoacán la constante violencia llevó a la organización de la sociedad y consecuentemente a la formación de grupos de autodefensa que han servido como evidencia de la incapacidad del Estado por garantizar el orden y hacer frente a los problemas de crimen organizado. Por parte de las autoridades el desconocimiento, la persecución y la “negociación” con los grupos armados han mantenido las problemáticas en el estado sin solución real.

El domingo pasado Michoacán fue escenario de un enfrentamiento más, del ataque a civiles  por grupos presuntamente militares y el asesinato de un menor. A lo cual la autoridad argumenta que: civiles armados son los que agredieron a la autoridad y a otros grupos de civiles y precisamente para eso está este Grupo de Coordinación: para hacer valer la ley, el Estado de derecho.

Más allá de los hechos, la reflexión que busco proponer va en torno a la naturalidad de la violencia, de cómo ésta parte de una naturalización de la violencia institucional.  La cual no se entiende forzosamente como la que ejercen las instituciones sobre los individuos, sino como una forma de relación aceptada en el quehacer social, público y político. Tiene como correlato una relación de complementariedad en la cual el individuo, frente a la pauta de autoridad (¿legítima?) de la institución que ejerce la violencia reacciona, en el mejor de los casos con pautas de resignación o naturalización de la situación.  Ya sea como una experiencia directa: que es la vivencia de algún hecho violento, ya se la criminalidad, la discriminación, la desigualdad social, económica, etc. O de forma indirecta, en la narrativa y presentación de los medios masivos de comunicación, en la cercanía que se comparte con amigos o conocidos que han experimentado experiencias violentas. La violencia se vive con naturalidad, se asume como realidad y no se cuestiona. Se internaliza en las formas de socialización, en los valores que dictan la cultura política y en la cotidianidad. Logrando en suma la insensibilidad necesaria para asumir sin consecuencias claras los actos delictivos y violentos que ocurren en el país. El origen de esta violencia y su cotidiana presencia que padecemos en las instituciones, se ejerce a través de acciones o de palabras, que emiten un mensaje de desconocimiento hacia “el otro” como semejante.

En el terreno social se plantean los actores y se distribuyen los papeles. La violencia parece asumir un papel principal quitándole presencia a las facultades que tanto el Estado como la sociedad deberían ejercer. Si el Estado es incapaz de garantizar los mecanismos básicos para la tranquilidad de sus habitantes ¿cuál está siendo su función? Si la sociedad no es capaz de responsabilizarse y actuar consecuentemente y reflexivamente en torno a lo que ocurre a su alrededor ¿de qué se está ocupando? Y entonces qué fuerza puede emerger por el desinterés de ambas partes a regular, ordenar y conceder las necesidades que ocupan al país.

 

Carlos Ham

carlosham@panópticosocial.com