Pobreza en México

Pobreza en México

Recientemente se han presentado los datos de CONEVAL que revelan una verdad diaria. Conocida por la mitad de la población mexicana, ignorada o tal vez ya culturizada como la cotidianeidad. Quizás a nadie asombre saber que el 46% de la población en México vive en la pobreza, que además somos el único país que en América Latina muestra formas de regresión que están más allá de las crisis, es decir, que en lugar de promover políticas públicas y avances sociales que garanticen la estabilidad económica, tanto a lo macro como en lo micro, que disminuyan el enorme dique de desigualdad entre los más ricos y los pobres. Más bien se ha ido caminando en reversa. La falta de acceso a servicios como educación, salud, alimentación, agua potable, seguridad social y servicios básicos en los hogares componen un tema en el que se “sigue trabajando”.
Al margen de esto saltan las palabras que reclaman de México ser la superpotencia dormida, que si por la cantidad de recursos que se tienen, que por la riqueza que hay, pero que siempre es saqueada, que si las políticas públicas son ineficientes y el gobierno va siempre como el principal responsable. La pobreza entonces es culpa de que los “otros” no hacen lo que deben. Y sí, en principio existe una responsabilidad hacia el “otro”, simplemente porque vivimos en sociedad, sin embargo, debajo de esta declaración se esconde el terrible, pero efectivo para las masas, asistencialismo.

Una cultura política asistencial, parroquial, providencial que espera siempre, en la figura del “dador” la respuesta a los males que le aquejan a la sociedad, a uno mismo. Es entonces que la maraña de problemas comienza a deshilachar un enorme carrete. La composición del problema aumenta y las relaciones entre otros problemas se hacen evidentes. La cultura política providencial, ilustra fielmente una parte de la mentalidad nacional que se muestra a veces como caciquil, otras como corporativa y siempre ligada a la clientela. Fiel clientela que destruye taxis por no aceptar la competencia leal, que culpa al gobierno pero acepta su tarjeta de vales para cualquier centro comercial, que va a votar esperando recibir sus bultos de cemento y varilla en casa.

Aunado a esto el problema de la violencia se hace presente. Expresada con la presencia de grupos criminales organizados, con gobiernos desinteresados e insensibles con su población. Pasando, efectiva y esencialmente por los ciudadanos de papel que se deshacen con el agua cuando la participación político-social exige un poquito más que ir a votar. La violencia mantiene atadas las manos, limita los discursos y hace imposible cualquier acción social, política y comunitaria. La pobreza arranca las raíces del posible futuro de México, para dejar todo en una simulación en la que no cambia nada.

Qué de extrañarnos es que pase esto cuando el esfuerzo se desvaloriza. Ortega y Gasset ya advertía la necesidad de tener una cultura del esfuerzo que llevase a las sociedades a una constante superación. Pero en México se enseña a ser inmediato. No hay tiempo para el trabajo, porque el trabajo mismo no es importante, el empleo sustituye toda posibilidad de valor laboral. En la educación se dan las bases de la suma cero, donde alumnos están más preocupados por pasar el año que por saber y los profesores por cobrar que de enseñar. Burdamente uso este ejemplo para hablar sobre la carencia de visión.  No se atienden las necesidades colectivas, ni los propósitos mínimos del papel que desempeñamos en esta sociedad.La pobreza en México aumenta, así como el providencialismo, como la necesidad de asistencialismo. Qué de extrañarnos sería o es que las formas autoritarias en lugar de desaparecer, crezcan.

Falta señalar la pobreza con la que medimos la pobreza. Los que señalan, miden, diseñan y afirman qué es pobreza, ¿han sido pobres? Y los que lo somos ¿nos sabemos pobres? lo asumimos, lo olvidamos al margen de culpar al destino o en la facilidad del acceso a los comercios y las deudas.

Mientras escribo esto, seguramente, gran parte de mi país está más preocupado por saber quién dirigirá al TRI. Ya ni siquiera les importa que el Chapo se haya escapado. Ya sabían que iba a pasar. Y cuando en un intento crítico se enteran de los precios del dólar, del aumento de pobres en México, afirman… ¡qué caray, nos la volvieron hacer!

Y la tibieza de expresarnos así, es también parte de esa pobreza.